Vertederos, los filones del siglo XXI

Posted by aclimaadmin | junio 9, 2022 | Noticias del Sector

Las, aproximadamente, 5.000 piezas del medallero de los Juegos Olímpicos de Tokio, celebrados en el verano de 2021, se fabricaron con los metales obtenidos a partir del material electrónico que los japoneses donaron al comité organizador entre abril de 2017 y marzo de 2019. Más de seis millones de móviles, casi 79.000 toneladas de dispositivos recolectadas en total, de las que se recuperaron 32 kilos de oro, 3.500 kilos de plata y 2.200 kilos de bronce. El gesto visibilizó, a escala planetaria, la importancia creciente de la minería urbana, que forma parte de la economía circular y se entiende como aquella que extrae del vertedero y no de la naturaleza. “La era de las materias primas baratas y fáciles de extraer toca a su fin”, augura la Fundación Ellen MacArthur, que promueve la economía circular.

“El metal se puede recuperar y volver a utilizar infinitas veces, sin perder ninguna de sus propiedades”, comenta Alicia García-Franco, directora general de la Federación Española de Recuperación y Reciclaje (FER). “Es la niña bonita del reciclaje”, apostilla. Al menos el metal masivo, que sale de grandes electrodomésticos y vehículos desechados, o de los edificios que se demuelen, y se cuenta por toneladas. En España, el 80% del cobre, el 75% del aluminio y el 100% del plomo que se consumen son reciclados, y solo en 2021 se gestionaron mas de 6,9 millones de toneladas de chatarras férricas, según datos de FER.

“Si los componentes de un producto son mayoritariamente metálicos es rentable reciclar”, afirma García-Franco. La cosa se complica cuando se trata de afinar para recuperar los 0,01 gramos de indio, los 0,0004 gramos de galio o los 0,0008 gramos de metales preciosos —oro, plata y paladio, entre ellos— que contiene un teléfono inteligente actual cuando este termina su cada vez más corta vida útil (calculada en 18 meses, de media). Elementos con una presencia ínfima, que se puede medir en gramos, o incluso en miligramos, y que para convertirse en materia prima secundaria requieren un proceso hidrometalúrgico que es costoso. “Solo hay tres plantas hidrometalúrgicas en Europa”, revela la directora general de FER. “Son necesarias varias toneladas de móviles para conseguir cinco gramos de esos metales”, añade.

Actualmente se recicla en España entre un 60% y un 70% de un móvil. “Primero se somete a reciclaje mecánico, para recuperar las grandes cifras [léase hierro o cobre]. A continuación, la hidrometalurgia extrae los metales de menor presencia”, describe García-Franco. El índice de reciclabilidad de un ordenador de sobremesa, por su parte, se sitúa en el 93%: 11,2 kilos de metales masivos (hierro, cobre, aluminio); 4,6 kilos de vidrio; 4,2 kilos de diferentes tipos de plásticos, 100 partes por millón de metales preciosos (los datos son de FER). Ambos pertenecen a la categoría 6 (“Aparatos de informática y de telecomunicaciones pequeños”) de los aparatos eléctricos y electrónicos. Al año se ponen en el mercado 239 millones de unidades solo de la categoría 6, que se transforman en cerca de 30.000 toneladas de residuos cuando dejan de funcionar.

Galio, indio, wolframio, silicio metálico, metales del grupo del platino (rutenio, rodio, paladio, osmio, iridio y platino), litio. La Unión Europea (UE) los considera elementos estratégicos y críticos para el desarrollo de tecnologías como las renovables (fotovoltaica, eólica, almacenamiento en baterías), digitales (TIC, robótica, impresión 3D) o las de movilidad eléctrica, que son fundamentales para alcanzar los escenarios de neutralidad climática que la UE se ha planteado para 2050. Algunos de ellos —como el estaño, el tantalio, el oro o el wolframio— son extraídos de zonas de conflicto. “En áreas políticamente inestables, los grupos armados a menudo utilizan trabajos forzados para extraer minerales y venderlos para financiar sus actividades, por ejemplo, la compra de armas”, describe la Comisión Europea, que desde 2021 prohíbe la exportación y el comercio de estos “minerales en conflicto”.

Una doble necesidad

La mayoría de metales raros y claves en la transición hacia una economía descarbonizada, simplemente, se están acabando en la naturaleza. “Al indio le quedan unos 20 años”, alertaba la Unesco en 2019, cuando celebró el año internacional de la tabla periódica publicando una en la que coloreó —en verde, amarillo o rojo— cada uno de sus elementos naturales en función de su grado de agotamiento. “¿Cuántos elementos de la tabla periódica podrían agotarse debido a una explotación excesiva? ¿Qué ocurrirá con el litio si aumenta significativamente la producción del coche eléctrico con batería?”, se preguntaba.

La UE tiene una respuesta a estas cuestiones: circularidad. “Mejorar el uso circular de las materias primas críticas es una estrategia clave para mejorar la seguridad del suministro”, concluía el estudio sobre recuperación de materias primas críticas y de otro tipo a partir de residuos minerales y vertederos, publicado en 2019 por el Centro Común de Investigación (JRC) de la Comisión Europea. “Para hablar de cómo se están reaprovechando los residuos metálicos en España hemos de ponerles apellidos a esos residuos, porque no todos están en el mismo punto”, explica García-Franco. Por ejemplo, se reciclan más del 95% de los vehículos que llegan al final de su vida útil —más de 700.000 bajas al año—, más del 85% de los electrodomésticos de línea blanca, y el 98,11% de las baterías de plomo ácido. “Ahí aprobamos con nota”. Pero aún son demasiados los pequeños electrodomésticos y aparatos eléctricos y electrónicos que terminan en la fracción resto.

“En las plantas de reciclaje se recupera una parte, mediante corrientes magnéticas, y el aluminio se valoriza, destinándose a la incineradora, pero aun así no estamos cumpliendo los objetivos de mejora que nos marca la UE”, admite la directora de FER. “Uno de los grandes retos es mejorar el comportamiento del consumidor doméstico”, apostilla. Otro, seguir investigando para mejorar esa pinza fina capaz de extraer metales minoritarios. Y otro más es el ecodiseño, según subraya García-Franco, porque, por mucho que el usuario deposite el aparato eléctrico o electrónico en el contenedor correcto, si los metales que lo forman están demasiado mezclados con otros, será más complicado, costoso, o incluso imposible, ­recuperarlos.

En 2020, la UE lanzó un nuevo paquete de “economía circular centrada en la reusabilidad, la reparabilidad y el ecodiseño”, según recuerda García-Franco. Una lavadora con la cuba de aluminio será más reciclable que con una de plástico; será más fácil extraer la antena de una tarjeta con chip si no está tan embutida dentro de capas de plástico. Este nuevo plan de acción europeo anuncia una Iniciativa sobre la Electrónica Circular que contempla “empoderar al consumidor” y ofrecerle información fiable sobre los productos que adquiere, y plantea medidas como la aplicación del “derecho a la reparación” (incluida la actualización del software obsoleto), “la mejora de la recogida y tratamiento de los residuos de aparatos eléctricos y electrónicos” y “la exploración de opciones para un sistema de restitución que permita la devolución o reventa de móviles, tabletas y cargadores antiguos en toda la UE”.

Los flujos de residuos de aparatos eléctricos y electrónicos figuran entre los que más aumentan en la UE, con una tasa de crecimiento anual del 2%, según la Comisión Europea, que estima que se recicla menos del 40%. “Se producen pérdidas de valor cuando productos total o parcialmente funcionales son desechados porque no son reparables, no puede sustituirse la batería, el software carece ya de soporte o no se recuperan sus materiales”, enumera.

El Monitor Global de Residuos Electrónicos 2020 de la ONU dice que en 2019 se generó la cifra récord de 53,6 millones de toneladas métricas de desechos electrónicos en todo el mundo, un 21% más que en 2014; para 2030 serán 74 millones de toneladas, “casi el doble que hace 16 años”. Solo el 17,4% se recolectó y recicló. “Esto significa que el oro, la plata, el cobre, el platino y otros materiales recuperables, valorados de manera conservadora en 57.000 millones de dólares (una suma mayor que el producto interior bruto de muchos países), en su mayoría se desecharon o quemaron, en lugar de recolectarse para su tratamiento y reutilización”, lamenta el ­informe.

Fuente: El País

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