
En un mundo donde aproximadamente 735 millones de personas pasan hambre, el 9,2 % de la población global, el desperdicio de alimentos constituye no solo un problema en sí mismo, sino también una de las principales causas de sonrojo de nuestra sociedad. Pero, además, el último informe publicado por la ONU sobre el tema, revela otro dato que acentúa aún más si cabe la urgencia para resolver esta situación. El desperdicio alimentario supone ya entre el 8 y el 10% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Si bien este problema se aborda en el ODS 12 de la Agenda 2030, la meta propuesta de reducir para ese año a la mitad el desperdicio de alimentos per cápita en la venta al por menor y a nivel de los consumidores resulta lejano, ya que los datos más actualizados anuncian que este problema, en vez de minimizarse, se agudiza cada año que pasa.
Recientemente se ha publicado el Informe sobre el índice de desperdicio de alimentos 2024 de la ONU, en el que se explica que más de 1.000 millones de toneladas de alimentos se desperdiciaron en todo el planeta durante 2022, lo que significa que cada día se malgastan unos 1.000 millones de platos de comida. En todo el Estado se calcula que se echan a perder unos 1.245 millones de kg de alimentos al año, y a nivel europeo el despilfarro alimentario se cifra en unos 132 kg de alimentos por habitante. Pero el estudio de la ONU también se enfoca en un aspecto que a menudo dejamos de lado, la repercusión de este tremendo malgasto en el recuento de emisiones de GEI, y las conclusiones son asombrosamente alarmantes. El desperdicio alimentario contribuye con entre el 8 y el 10% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. De hecho, si el desperdicio alimentario fuera un país, sería la tercera nación con más emisiones de gases de efecto invernadero del mundo, sólo detrás de China y Estados Unidos.
Ante el incremento continuo de la población mundial, no queda otra vía de acción que poner todos los medios necesarios para reducir el derroche de alimentos, logrando un sistema alimentario más sostenible que colabore además en la reducción de emisiones.
Pérdida y desperdicio alimentario
Aunque a menudo se confunden, se trata de dos conceptos distintos. La pérdida de alimentos se produce en las etapas de la producción, la recolección y el transporte, debido a causas como la carencia de infraestructuras para mantener la cadena del frío, o a la mala conservación en general de los alimentos. Se estima que supone la pérdida de 526 millones de toneladas de alimentos anualmente. Por su parte, el desperdicio alimentario es un fenómeno que se produce en los puntos de venta y hogares, y se relaciona con los hábitos de consumo y las políticas comerciales de las marcas. Según la ONU, el 60% del derroche alimentario sucede en los hogares, el 28% corresponde a los proveedores de servicios alimentarios y el 12% al comercio minorista.
El Índice de desperdicio de alimentos de FAO estima que cerca de 17% de la producción mundial total de alimentos se desperdicia anualmente. Los expertos calculan que con los alimentos que se pierden y desperdician se podría alimentar a 1.260 millones de personas cada año en todo el planeta. Teniendo en cuenta que la cifra de personas que pasan hambre es aproximadamente de 735 millones, resolver este problema podría suponer un importante impulso para reducir o incluso acabar con el hambre global.
Uno de los problemas que surgen a la hora de atajar este fenómeno es la falta de estimaciones adecuadas, ya que la ONU explica que tan solo cuatro países (Australia, Estados Unidos, Japón y Reino Unido) además de la UE disponen de estimaciones sobre el desperdicio de alimentos adecuadas para realizar un seguimiento. Pero los estudios corroboran que el desperdicio de alimentos no es sólo un problema que afecte a los países desarrollados, ya que sus niveles oscilan en diferencias de apenas 7 kg per cápita entre las distintas naciones analizadas. Un factor que influye en gran medida es el clima, puesto que los países más calurosos tienden a desperdiciar más alimentos, seguramente porque presentan mayores índices de consumo de alimentos frescos.
El caso europeo
Los datos de Eurostat anuncian que en 2022 se desperdiciaron en todo el continente 59,2 millones de toneladas de residuos alimentarios, lo que supone unos 132 kg de alimentos por habitante. La mayoría del desperdicio alimentario en la UE se genera en los hogares, el 54% del total, lo que da una media de 72 kg por habitante. El resto se originó en la fabricación (19%), en los restaurantes y servicios alimentarios (11%), en la venta al por menor y otros tipos de distribución de alimentos (8%), y en la producción primaria (8%).
En lo que respecta a España, los últimos datos disponibles corresponden al Informe del Desperdicio Alimentario en España 2021, que elabora el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. Según este estudio, cada ciudadano desperdició una media de 28,21 kg de alimentos, con una tasa del 4,2% de desperdicio en los hogares, porcentaje que corresponde a los alimentos comprados que se tiraron sin consumir.
Recientemente se ha planteado una revisión de la legislación comunitaria, que actualmente establece que los Estados miembros apliquen medidas para reducir un 10% los desechos generados en las fases de procesado y fabricación de alimentos, así como en un 30 % (per cápita) los producidos en conjunto por restaurantes, servicios de alimentación y hogares. El Parlamento Europeo ha solicitado incrementar estos límites hasta el 20% y el 40%, respectivamente.
Huella ambiental y emisiones
Como decíamos, la ONU estima que el desperdicio alimentario global supone entre el 8 y el 10% de las emisiones de CO2 del planeta, pero es que, además, un estudio de la revista científica Nature Food revela que los gases de efecto invernadero derivados de la industria alimentaria pueden ser hasta un tercio de las emisiones globales. Según el Fondo Mundial para la Naturaleza, solo en Estados Unidos la producción de alimentos perdidos o desperdiciados genera el equivalente en emisiones de gases de efecto invernadero a 43 millones de automóviles.
No solo eso, el desperdicio de alimentos tiene un impacto ecológico muy importante, ya que los productos alimenticios no consumidos equivalen a casi el 30% de las tierras agrícolas del mundo y requieren 250 km3 de agua al año. En total, el World Bank calcula que la pérdida y el desperdicio de alimentos provoca un coste aproximado de 1 billón de dólares a la economía mundial.
El desperdicio alimentario contribuye a la inestabilidad del clima, y por tanto a la sucesión de sequías e inundaciones, debido a la pérdida de biodiversidad acarreada por el uso de tierra agrícola, que podría destinarse a otros objetivos. Esto es así porque los alimentos que no se consumen suponen un empleo de agua de riego, abonos, energía, y carga de trabajo que contribuyen a degradar el medio. Se estima que el 20% del consumo global de agua dulce se destina a alimentos desperdiciados, que además ocupan una extensión agrícola de unas 1.400 millones de hectáreas.
Además, el impacto en el clima de este fenómeno no se suele tener en cuenta, y en 2022 tan solo 21 países habían incluido la pérdida de alimentos y/o la reducción de desechos en sus planes climáticos nacionales. Para afrontar el desperdicio alimentario y sus consecuencias en las emisiones se requieren bases de referencia y mediciones periódicas, tan solo así se podrá visibilizar esta problemática y llevar a cabo las medidas necesarias para minimizar el desperdicio de alimentos.
Iniciativas en Euskadi contra el despilfarro alimentario
Según datos de Elika Fundazioa, en Euskadi se desperdician de media 111 kg de alimentos por persona y año, unas 244.972 toneladas en total. Además, calculan que el 37% de la comida desperdiciada por los sistemas de distribución, los hogares y el canal HORECA sería comestible, y supondría unos 40 kg de alimentos por persona y año. Como vemos, existe una gran margen de mejora en este ámbito.
Aclima colabora con la minimización del despilfarro de alimentos y de su impacto ambiental , con iniciativas como FOODDILEVERY, que promueve modelos de distribución de alimentos más sostenibles tratando de calcular su Huella Ambiental e impulsando buenas prácticas, o CIRCULAR COOKING, que apoya al sector de la restauración y la hostelería en su transición hacia la economía circular.