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27 Jun 2024
Blog Aclima

¿Cómo abordar el estrés hídrico de los países en vías de desarrollo?

En el planeta los recursos hídricos están mermando a un ritmo cada vez mayor, lo que supone un grave problema global, pero que en el caso de los países en vías de desarrollo se acrecienta aún más. Desde la década de 1960 la demanda de agua se ha duplicado en todo el mundo, y este reto, lejos de resolverse, se verá más complejo en el futuro próximo ya que los expertos alertan de que para 2050 puede aumentar hasta un 25%.  Eso supondría que aproximadamente una cuarta parte de la humanidad sufriría estrés hídrico, siendo los habitantes de las regiones empobrecidas los más afectados. Por tanto, asegurar el suministro de agua es un problema que demanda soluciones inmediatas y efectivas.

En la actualidad casi el 40% de la población mundial vive en países que experimentan escasez de agua potable de buena calidad. Esto viene provocado tanto por su carencia de infraestructuras hídricas y energéticas adecuadas, como por deficiencias en el tratamiento de aguas sucias. Además, el aumento de fenómenos meteorológicos extremos provocado por el cambio climático, como sequías más prolongadas, lluvias torrenciales, inundaciones o desertificación del suelo, y la creciente contaminación de los recursos hídricos originada por la actividad humana aumentan este problema.

Puede hablarse de estrés hídrico cuando la demanda de agua es más alta que la cantidad disponible durante un periodo determinado o cuando su uso se ve restringido por su baja calidad. En definitiva, se trata de la relación que existe entre la demanda de agua y el suministro renovable de la misma. Los expertos hablan de estrés hídrico alto cuando en una región se utiliza al menos el 40% del suministro de agua, y estrés hídrico extremo cuando esos valores superan el 80%. De acuerdo con la ONU el estrés hídrico mundial era del 18,2% en 2020, pero según los datos del Aqueduct Water Risk Atlas del World Resources Institute (WRI) actualmente 25 países sufren cada año un estrés hídrico extremo, y prácticamente la mitad de la población global pasa al menos un mes al año en condiciones de gran escasez de agua.

Países en vías de desarrollo

Mientras que la demanda de agua se ha ido estancando en los países occidentales, gracias a las inversiones tecnológicas que aumentan la eficiencia de su uso y aprovechamiento, las regiones con menos ingresos están experimentando un fenómeno contrario. Los factores que provocan un aumento de la demanda de los recursos hídricos son, fundamentalmente, el crecimiento de la población y el incremento en la actividad agrícola, ganadera y de producción de energía.

La mejora global de la esperanza de vida ha supuesto un boom poblacional para muchos países que se ven abocados a responder con los mismos recursos a un volumen de ciudadanos cada vez mayor.  En la actualidad las regiones con mayor estrés hídrico son Oriente Medio, África del Norte (83%) y el sur de Asia (74%). Pero los escenarios futuros son aún más alarmantes. Las proyecciones del WRI advierten de que al menos 51 países sufrirán un estrés hídrico de alto a extremadamente alto en 2050, lo que corresponde al 31% de la población.

Los expertos estiman que la demanda mundial de agua aumente entre un 20% y un 25% para 2050, lo que supondría que en Oriente Medio y el norte de África la totalidad de la población vivirá con un estrés hídrico extremadamente alto. Pero las mayores variaciones en la demanda de agua las sufrirán los países del África subsahariana que, aunque ahora no experimentan estrés hídrico extremo, sus tasas de crecimiento de la demanda son las más altas del mundo, lo que lleva a calcular que para 2050 su demanda de agua sea un 163% superior a la actual. Por su parte, los expertos calculan que América Latina experimentará un aumento del 43% en la demanda de agua.

Además, hay que considerar otro factor, ya que a medida que el agua sea cada vez más escasa su valor será mayor y es previsible que se produzcan intercambios internacionales de recursos hídricos desde los países pobres a los más desarrollados, agravando un estrés hídrico que en muchos casos será ya estructural.

Impacto económico

En la actualidad el 60% de la agricultura de regadío del mundo ya se enfrenta a un estrés hídrico extremadamente alto, con cultivos tan básicos como la caña de azúcar, el trigo, el arroz y el maíz amenazados de manera clara. Se prevé que en el futuro la situación empeore, ya que la población mundial proyectada para 2050 es superior a los 10.000 millones de personas, lo que significa que necesitaremos producir un 56 % más de calorías alimentarias que en 2010 para nutrir a todos los habitantes del planeta. Y esto, en un escenario de crisis climática con aumento de los fenómenos meteorológicos extremos, muchos de ellos con gran impacto en las cosechas, y un estrés hídrico cada vez mayor.

El 31% del PIB de todo el planeta, casi 70 billones de dólares, estará expuesto a un estrés hídrico extremo en 2050, frente a los 15 billones de dólares (24% del PIB mundial) de 2010. Además, dentro del grupo de países más afectados por la escasez de agua estarán lugares tan extensos y poblados como India, México, Egipto y Turquía, que conjuntamente suponen una parte importante del PIB mundial.

También hay que considerar que la mala gestión del agua puede provocar cortes de energía, interrupciones en la actividad industrial y bajadas del rendimiento agrícola. Todo ello afecta de manera clara a la economía mundial, con impactos esperados para 2050 tan importantes como pérdidas del PIB de entre el 7% y el 12% en India, China y Asia Central, y del 6% en el África subsahariana, según la Comisión Global de Adaptación.

Soluciones para los países en vías de desarrollo

La falta de inversiones en infraestructura hídrica y en sistemas que aumenten la eficiencia de la gestión de los recursos hídricos son problemas que deben atajarse de manera prioritaria. Para ello, podrían activarse programas estratégicos para reducir la deuda de estos países a cambio de mejoras en estos aspectos, canalizando inversiones de bancos internacionales de desarrollo, inversores privados o instituciones internacionales. Con las inversiones adecuadas en infraestructura hídrica, tanto de abastecimiento de agua como de saneamiento, se puede dar una mejor respuesta a la demanda existente.

Optimizar el suministro del agua potable con redes de abastecimiento con captaciones sostenibles, plantas potabilizadoras y redes de distribución es otra necesidad ineludible. Para mejorar la calidad del agua se ha de hacer un esfuerzo en reducir la contaminación y los vertidos que recibe, a la vez que es necesario incrementar tanto el porcentaje de aguas residuales tratadas, como el reciclado y la reutilización del agua.

La optimización de la gobernanza del agua es un objetivo a tener en cuenta, impulsando con ello la gestión integrada de los recursos hídricos. Mejorar los ecosistemas invirtiendo en el cuidado de la biodiversidad y el aumento de la resiliencia a través de soluciones basadas en la naturaleza e infraestructura verde es un paso necesario. La restauración de ecosistemas como humedales, ríos, bosques o manglares pueden suponer un aumento del caudal de agua disponible, mejorar la calidad de los recursos hídricos y generar resiliencia frente a sequías e inundaciones.

De igual manera, el agua usada en la agricultura y ganadería se debe gestionar de manera más eficiente, priorizando los cultivos que necesiten menos riego y empleando métodos de regar más eficientes como la aspersión o el goteo.

Otro ámbito que necesita cambios es la producción de energía, ya que en la actualidad la mayoría de los países en vías de desarrollo utilizan casi únicamente energías fósiles, que requieren mayor volumen de agua para su funcionamiento. Fomentar energías renovables, como la solar y la eólica, puede aliviar el estrés hídrico.

Se trata de un reto complicado, pero no imposible, y el ejemplo de ciudades como Las Vegas o Singapur, que ante contextos de escasez de agua consiguen optimizar los recursos hídricos de manera eficiente, es un espejo en el que los países en desarrollo pueden mirarse para aplicar un modelo de gestión del agua que equilibre de manera racional la demanda y el suministro.

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