
A día de hoy, más del 40% de la superficie terrestre está degradada, y cada año se pierden más de 100.000.000 de hectáreas productivas. La principal causa es la desertificación que, si bien fue uno de los primeros problemas ambientales considerados a escala global, ha seguido aumentando y afecta de manera especial a nuestro entorno más inmediato, ya que el sur de Europa es una de las zonas más expuestas. De hecho, el 80% de la Península Ibérica corre riesgo de convertirse en desierto este siglo por efecto del cambio climático. El lema del Día Mundial contra la Desertificación y la Sequía 2025 es “Restaurar la tierra. Liberar las oportunidades” y pone de relieve la necesidad acuciante de tomar medidas decisivas en este ámbito.
Declarado oficialmente por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1994, cada año el 17 de junio se celebra el Día Mundial de la Desertificación y la Sequía, una jornada dedicada a reflexionar sobre este grave fenómeno que afecta a las tierras de todo el planeta. En África el 65% de las tierras agrícolas están degradadas, el 40% del suelo en China sufre erosión, en LATAM el 22% de las tierras se han degradado, y las proyecciones para el sur de Europa, y particularmente la Península Ibérica, son muy preocupantes. A nivel mundial, los expertos estiman que el ritmo de degradación de las tierras cultivables aumenta a una velocidad entre 30 y 35 veces superior a la histórica, y es evidente que las superficies desérticas se están extendiendo cada vez más, por ejemplo, el Sáhara ha crecido un 10% desde 1920.
El cambio climático está acelerando el proceso de desertificación, y actualmente el 41% de la superficie de la Tierra es de clima seco o árido. Según un estudio publicado en Nature, desde 1980 más de cinco millones de kilómetros cuadrados se han convertido en desierto, y la capacidad de la atmósfera para extraer humedad del suelo ha aumentado un 40% en las últimas décadas. Esto provoca que, incluso en las zonas donde las precipitaciones no han disminuido las sequías sean más intensas y frecuentes.
Desertificación
Una de sus principales causas es la desaparición de la cubierta vegetal que mantiene la capa fértil del suelo. Los motivos pueden ser desde la tala de árboles y arbustos, el sobrepastoreo o la agricultura intensiva, que agota los nutrientes del suelo y agudiza su vulnerabilidad ante los cambios del clima. En definitiva, la desertificación significa la degradación de la tierra en las zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas. Teniendo en cuenta que este tipo de suelo supone un tercio de la superficie del planeta, cualquier acción que implique la sobrexplotación y el uso inadecuado de la tierra puede intensificar su avance.
Los expertos consideran la desertificación como una de las cinco o seis grandes amenazas ambientales globales, debido a su creciente intensificación y las múltiples consecuencias negativas que acarrea. En primer lugar, afecta a la biodiversidad, reduciendo el número de especies capaces de adaptarse a este tipo se suelo. También amplifica los efectos del cambio climático, ya que genera unos suelos más vulnerables y menos capaces de retener la humedad. Incrementa además el riesgo de fenómenos como incendios o sequías prolongadas. La pérdida de suelo cultivable provoca el aumento de los precios de los alimentos y, como consecuencia, olas migratorias. De hecho, se calcula que actualmente unas 24,5 millones de personas se ven forzadas a abandonar sus hogares por culpa de la degradación ambiental y se estima que para 2045 el total de desplazados por la desertificación puede alcanzar los 135 millones de personas en todo el mundo. Como vemos, no se trata tan solo de un problema ambiental, y entre las consecuencias de este fenómeno está también la pérdida de posibilidades económicas ya que más de la mitad del PIB mundial depende de la naturaleza.
Península Ibérica, zona vulnerable
España es uno de los países de la Unión Europea con peores perspectivas respecto a la creciente desertificación, ya que se trata de uno de los territorios más afectados por el cambio climático y más de 9 millones de hectáreas están catalogadas como zonas con un riesgo alto o muy alto de desertificación. En total, más de tres cuartas partes del territorio se encuentran en peligro de desertificación.
Las causas son múltiples, en gran parte del territorio se da un clima semiárido, existe una alta variabilidad de precipitaciones en amplias zonas, cuenta con un relieve desigual y se practica la agricultura y ganadería intensiva. Caso aparte merecen los recursos hídricos, ya que actualmente más de 80 acuíferos están sobreexplotados y el 44% de las masas de agua subterránea se encuentra en mal estado. Además, los incendios forestales colaboran a la pérdida de superficie vegetal y dificultan la recuperación de los ecosistemas. El mapa de la aridez en España, publicado por el ministerio para la Transición Ecológica, revela que el territorio es mayoritariamente seco y árido.
Un dato revelador es que el 80% del agua se destina al riego de cultivos y el 25% de los acuíferos están gravemente sobreexplotados. Para hacer frente a este grave problema, recientemente se ha presentado la nueva Estrategia Nacional de Lucha contra la Desertificación (ENLD), que impulsará 45 acciones concretas de aquí a 2030 para mitigar y afrontar la degradación del suelo, algo indispensable si se considera que las proyecciones alertan de que en 2050 aproximadamente el 75% de la población y el PIB de España podrían enfrentarse a un riesgo alto por la falta de agua si no se toman medidas.
Euskadi no está exenta de riesgos, y se estima que el cambio climático puede originar desertificación en el sur de Álava, por el aumento de los períodos de sequía. En concreto, se ha identificado una zona de 10.952 hectáreas con riesgo de grandes sequías en la Rioja Alavesa, cuyo uso se dedica actualmente al cultivo de viñedos y cereales. Para mitigar y combatir estos efectos se ha diseñado la Estrategia de Protección del Suelo de Euskadi 2030, un plan que impulsa la gestión sostenible de todo el suelo, con una reducción de su uso
Restaurar la tierra. Liberar las oportunidades
Estamos en el ecuador del Decenio de las Naciones Unidas para la Restauración de los Ecosistemas 2021-2030, lo que dota de especial importancia a este Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía, más aún si atendemos a las proyecciones de los expertos, que alertan de que con la tendencia actual para frenar la degradación del suelo sería necesario restaurar 1.500 millones de hectáreas e invertir 1 billón de dólares para 2030.
Hasta la fecha, se ha acordado la restauración de 1.000 millones de hectáreas de tierras degradadas. mediante compromisos voluntarios, como la Iniciativa Mundial de Restauración de Tierras del G20, auspiciada por la CNULD. La Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CNULD) es un acuerdo internacional que reúne a gobiernos, científicos, responsables políticos, el sector privado y las comunidades en torno a una acción global para restaurar y gestionar las tierras del mundo. Firmado por 197 partes, se trata de un compromiso multilateral que busca revertir la degradación del suelo y optimizar su gestión, para garantizar su sostenibilidad.
Si bien los expertos defienden que por cada dólar que se destina a restaurar ecosistemas deteriorados se puede generar un retorno económico que va desde siete hasta treinta dólares, en la actualidad la financiación de la lucha contra la desertificación apenas es de 66.000 millones de dólares al año, mientras que la CNULD calcula que entre 2025 y 2030 se necesitaría una inversión global de 1.000 millones de dólares diarios para combatir la desertificación, la degradación de las tierras y la sequía.